lunes, 27 de enero de 2020

Buscando rentabilidad agregó cerezos a su viña

AGRO.- (Claudia Torres - Maule).-  Por más de tres décadas, Gaspar Enero, de la comuna de Molina, se ha dedicado a la producción de viñas, un rubro que le apasiona pero que desde hace alrededor de 15 años -asegura- ya no es muy rentable.
Pese a eso, la magia de las parras y el cariño por estas plantas lo han mantenido fiel a este negocio, pero mirando siempre las señales de mercado y probando nuevos rubros.


Esta inquietud lo llevó a plantar cerezos, que han sido la tabla de salvación de su unidad productiva. Hoy cuenta con 3,5 hectáreas con riego tecnificado, de las cuales media hectárea posee cobertor gracias al apoyo de INDAP.

“El negocio de la uva se echó a perder y ya casi no ganamos plata. Por eso puse cerezos en la otra parcela que tengo y me han funcionado bien. Pero igual me gusta el rubro de las viñas, más ahora que estamos haciendo una bodega entre varios y estamos comenzando a hacer vinos, una pequeña producción que esperamos sea de buena calidad. Me gusta este rubro porque son muchos años los que le he dedicado”, explica Enero.


Usuario del Servicio de Asesoría Técnica (SAT) de INDAP, el productor inició hace algunos años una plantación de 2 hectáreas de sauvignon blanc clonal, más resistente a las plagas y enfermedades. Además tiene una hectárea de carmenere y cerca de 0,7 hectárea de uva tintorera.


En su búsqueda por dar rentabilidad a sus cultivos, Enero se unió a otros tres productores de uva que como él tenían la inquietud de hacer su propio vino. En conjunto suman 20 hectáreas de viñas y cuentan con una bodega asociativa con capacidad para 8 mil litros. “Estamos apostando por hacer más vino y no vender solo la uva. Hasta ahora estamos vinificando en conjunto y nos adjudicamos un proyecto del Programa de Asociatividad Económica (PAE) de INDAP, que nos va a apoyar en este nuevo negocio. Sin este respaldo no hubiera podido hacer muchas cosas”.

Gracias a las viñas y ahora a sus cerezos, Enero ha podido sacar adelante a su familia, conformada por su esposa y tres hijos de 25 a 32 años, quienes son ingenieros civiles titulados en la Universidad Federico Santa María. De ellos, solamente su hija ha querido incursionar en la agricultura, con una hectárea de cerezos.


“Las viñas me gustan mucho, pero son los cerezos los que me han mantenido vivo. La uva tiene épocas buenas, sobre todo cuando va quedando poca y a veces sube el precio y uno gana. Entonces uno tiene siempre esperanzas. Pero con las cerezas, uno ya sabe que gana, y eso es lo bonito”.



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