lunes, 27 de julio de 2020


Escribe: Rodrigo Larraín, Sociólogo y académico UCEN

Y la pandemia se alarga y se alarga. Cuando Europa y el sudeste asiático, más Oceanía abrían la ilusión de que la peste se acababa y volvía la vida humana habitual, hay novedades que indican retrocesos.
Pero si todos los caminos hacia una salida están bloqueados, ello tiene un efecto negativo en las personas, los viejos no podrán soñar con ver a sus amigos, a sus hijos y nietos, ojalá puedan ir a la calle de su vida antes habitual y ver los lugares significativos, pues la vejez es una edad de la nostalgia y de ajustes con la vida que va quedando. Para los niños, que son más plásticos, aunque pase mucho tiempo, podrán volver a su vida interrumpida. Los adolescentes, como mi nieta, viven los cambios, pero no tienen con quién socializar y aprender nuevos roles y quizás, los más afortunados, tengan hermanos. Y las parejas, que han debido volver a conocerse, pues antes pasaban juntos una parte del día y el resto en sus trabajos, hoy deben convivir con sus trabajos o, al menos, convivir las veinticuatro horas del día.


Si a eso le sumamos hacinamiento, trabajos esporádicos, enfermedades y vejez en condiciones paupérrimas, la vida misma resulta insoportable, así es que no necesitamos que cada mañana se nos trate como delincuentes por salir a trabajar, o por salir a comprar, puesto que esta es una cuarentena con permisos, no somos iguales a los fiesteros o a los que han sido sorprendidos varias veces en las calles sin motivo. Tanta prédica a que no salgamos o que guardemos distancia, no es a la mayoría cumplidora a la que nos sirve. Tampoco sirve tanta discusión de comentarios internacionales que son solo hipótesis; esta semana que pasó nos enteramos que aún está presente en el mundo la peste bubónica, que la segunda ola del covid 19 será peor que la primera, casi refocilándose los medios cuentan que varios países han echado pie atrás al desconfinamiento.

No se trata de festonar o hacer humor con esta peste, pero una dosis de optimismo y alegría se agradecerían, por ejemplo, esos nonagenarios que se recuperaron o la iniciativa de enviar cartas a los hospitalizados, decorar las mascarillas, ayudar a las ollas comunes o llamar telefónicamente vía plataforma a los que sabemos que están solos, pues la necesidad de hablar que algunos tienen hay que intentar satisfacerla, es combatir la soledad. 

Yo celebro cuando se anuncia que estamos en las últimas pruebas para que tengamos lista la vacuna. Son ciento cincuenta y un proyectos; son posiblemente puras mentiras o propaganda, pues, al volver a preguntarle, seguimos en las últimas pruebas y se da un tiempo más. Pero mantiene la esperanza, mejor eso que nada.   



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