lunes, 18 de noviembre de 2019

Ocaso del idiota


OPINION.- (Daniel Matamala, Periodista).-  “Idiotas” llamaban los griegos a aquellos que se centraban en sus intereses particulares y se excluían de la discusión política.
Una descripción perfecta para los 30 años que mediaron entre el fin de la dictadura y la primavera chilena de 2019.

La idiotez fue la plaga que se extendió por una sociedad resignada ante un doble cerrojo.

El primero era el constitucional. En palabras de su creador, Jaime Guzmán, “la Constitución debe procurar que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría”.

El segundo era el económico, que constreñía aún más la discusión política, según la interpretación estrecha de ciertos dogmas, coincidentes (¡vaya casualidad!) con los intereses del gran empresariado.

El resultado fue un país de idiotas, que aceptó externalizar el debate público en una casta política que, a su vez, subcontrató su pega en otra casta, la de los tecnócratas afines al poder económico.


Así, la clase política se ganó su desprestigio. Si los límites de lo posible estaban prefijados, la discusión parlamentaria no parecía más que un show de payasos y sus gags de cachetadas falsas.

“El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres”, decía Platón.

Por eso, si el 25 de octubre, con la marcha más grande de la historia, marcó el simbólico fin de la idiotez de los chilenos, la madrugada del 15 de noviembre puede ser otro hito igual de relevante: el fin de la era de los “peores hombres” y el regreso de una política liberada de sus ataduras.

El cerrojo constitucional se ha abierto con un acuerdo razonable que pone en manos de la gente la posibilidad de reemplazar la Constitución impuesta en 1980 por otra redactada por representantes electos. El quórum de dos tercios para tomar decisiones es un acierto: no se trata de reemplazar una Constitución de derecha por otra de izquierda, sino de construir una casa común que todos puedan sentir como propia.

Habrá, por lo tanto, que negociar hasta que duela. Es el regreso de la política.

Este hito fundamental encierra, empero, sus propias limitaciones. No hay que olvidar que el clivaje actual no es de derecha versus izquierda, como creen los extremistas de redes sociales. Es el de ciudadanía versus élites. Y ese clivaje populista hace que la mera elección de los nuevos asambleístas entre listas de partidos políticos quede corta. Faltó audacia para asegurar una presencia popular directa, mediante el sorteo de parte de la convención y el sufragio por independientes en distritos electorales pequeños.

No basta con volver a ser idiotas hasta el plebiscito de abril. Para canalizar la energía que hoy fluye por Chile, hay que tomarse en serio los cabildos, generar un enorme ejercicio de participación cívica y avanzar en la agenda social.

El cerrojo económico se abrió gracias a un golpe de realidad. Las empresas chilenas perdieron, desde el inicio de la crisis, 57.538 millones de dólares en capitalización bursátil, las exportaciones cayeron 25%, el riesgo-país dejó de ser el más bajo de América Latina y el dólar superó los 800 pesos.

La noción de que la economía debe manejarse como una ciencia pura, independiente de las pulsiones políticas de la sociedad, fue despedazada de la forma más cruda.

Los mismos poderes económicos que amenazaban con el caos si se avanzaba en reformas sociales, políticas y económicas, ahora aceptan e incluso aplauden cambios que bloquearon por tres décadas. Lo imposible se vuelve mágicamente posible: sí se podía aumentar los impuestos a los más ricos, subir las pensiones, fijar precios a los remedios, castigar con cárcel a los delincuentes de cuello y corbata y redactar una nueva Constitución.

El mercado aprendió la lección y celebra lo que antes vetaba. El fin de la Constitución del 80 desató la euforia: la Bolsa subió 8% y el dólar cayó 25 pesos, en ambos casos récords desde 2008, mientras el riesgo país de Chile volvió a ser el líder de la región.

Pero todo esto es aún extremadamente frágil. Porque la caja de Pandora de la violencia ha sido abierta y, tal vez, sea imposible volver a cerrarla del todo.


Este es un tema incómodo, pero crucial. Estos 30 días han dado la razón a esa frase de Marx de que la violencia es “la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva”. Contar la historia de la primavera chilena solo con las protestas masivas, y no con la violencia destructiva, es hacernos trampas en el solitario. Difícilmente habría habido una marcha del 25 de octubre sin la furia del 18 de octubre, y fue la espiral de violencia de la noche del martes pasado la que empujó el acuerdo virtuoso de la madrugada del viernes.

Lamentablemente, la violencia se ha mostrado como un método efectivo para empujar transformaciones.

Esa es una terrible espada de Damocles con la que deberemos convivir de aquí en adelante. ¿Cómo? Pues permitiendo que la política, libre de sus cerrojos, vuelva a hacer su trabajo. Y que entre la idiotez y la violencia se abra un camino constructivo: el de una ciudadanía protagonista, a través de cauces democráticos y pacíficos como el que ha abierto esta semana la política.

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