lunes, 28 de octubre de 2019

Cuando Chile se disparó en el pie y cuando despertó.


COMENTARIO.- Héctor Caro Quilodrán.- Los sucesos  que han acontecido y acontecen en Chile son sometidos a todo tipo de análisis, pues lo que hasta ayer parecía  un oasis se transformó en tormenta no prevista,
aunque ella hubiera estado latente desde mucho tiempo con algunos indicadores como  el movimiento de los pingüinos, el sistema previsional, la salud, solo para señalar lo más visible de este llamado iceberg a la deriva o bomba de tiempo en la  historia de Chile.

El iceberg  se encontró con este Titanic ahora llamado Chile y la bomba estalló al mismo tiempo en su cubierta con las consecuencias que el país vive y vivirá  hasta que encuentre un nuevo ordenamiento  jurídico, político, económico.

Chile, es necesario recordarlo,  se ha disparado en el pie varias veces por no pensar en el interés nacional, sino en función de fines políticos-ideológicos propios de la coyuntura. Son varias. Anotemos solamente tres a modo de ejemplo.

La duración de los gobiernos. Cada gobierno tiene cuatro años para llevar a cabo su programa, con ese tiempo limitado, estrecho, dentro de un sistema democrático,  sea de centro, izquierda o derecha,  no se está en condiciones de implementar  políticas de desarrollo, a no ser a medias, apresuradas o de parche, donde los presidentes,  apenas investidos en sus funciones, ya se les está buscando un sucesor. Ninguna democracia puede funcionar seriamente de esa manera. 

Lo mismo ocurre con el voto voluntario. Un acuerdo tomado a la ligera, producto de la contingencia, sin reflexión. Chile no estaba preparado, maduro, para pasar del voto obligatorio al voluntario. El sistema político vigente se deslegitimó así mismo con esa medida al no representar ya a la mayoría nacional, especialmente a los jóvenes.  Esos que no votan en las urnas se  expresan, pero de otra manera:   en la protesta, en la calle.

La tercera herida que Chile se auto infligió ahora  en su propia alma  fue la destrucción de la educación pública. Ahí Chile se fue al hoyo. Perdió su relato, su columna vertebral. Ya Chile dejó de ser un país  medianamente unido, se fracturó en varios, separados según el bolsillo, la pertenencia al estrato socio económico. 

Pasamos, entonces,  a un Chile clasificado según el alfabeto. Los pertenecientes al grupo ABC, siendo una minoría acumulan gran parte del ingreso per cápita nacional, el más alto de América Latina  y el grupo D y E, siendo el mayoritario recibe los ingresos más paupérrimos. Esta pirámide  socio económica chilena era insostenible. Lo decía el endeudamiento masivo a través de las tarjetas. Las pensiones miserables. La salud cara, lo mismo que la educación.

Esta vez Chile, a la luz de lo vivido en estos días, no se infligió solo sus heridas, sino que fueron los hechos porfiados del día a día los que lo hicieron despertar. Salió a la calle, llenó las plazas, creándose para sí una nueva oportunidad histórica. Oportunidad que no podemos desaprovechar. Por ningún motivo vamos a dispararnos en el  pie una vez más, pues ya tenemos demasiados muertos, demasiada sangre perdida.

Es el momento de encontrar una nueva carta de ruta para navegar en las aguas del futuro.  Eso lo da una nueva Carta Magna que recoja al Chile de hoy. Cómo es, lo que piensa, lo que aspira, donde todos caben, nadie sobra. Una tarea nada de sencilla, pero es el desafío pendiente y ese es, uno de los más imperiosos, el de  encontrarnos, democráticamente,  con toda nuestra diversidad, la que en sí es una riqueza, en una nueva Constitución.

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