Eduardo Dockendorff: "Soy feliz".
Un día de 2013, se paró frente a la ventana de su departamento en Providencia y se imaginó qué sería de él cuando estuviera jubilado, sus hijos se casaran y le llevaran a los nietos. Y decidió irse. Desayuna huevos y palta, y el resto del día come frutos secos. Se llevó un piano de cola y está escribiendo tres libros, pero no ha terminado ninguno.
Un sendero de tierra, cubierto de alerces y avellanos, conduce a una pequeña cabaña de madera a escasos 10 pasos del lago Ralco. A lo lejos, suaves notas de un piano con la "Tocata y fuga" en re menor, BWV 565 de Johann Sebastian Bach. Es la parcela de dos hectáreas de Eduardo Dockendorff (66 años): a dos kilómetros del pueblo de Alto Biobío, un tambor color verde la identifica entre los lugareños.
Cincuenta peldaños rústicos que el dueño de casa hizo a pulso conducen a la entrada. Al llegar, un efusivo pastor alemán. Desde dentro de la cabaña, un simple "¡Silencio Ronco!" y aparece en la puerta, de camisa y short, la esbelta figura del ex ministro de la Segpres del gobierno de Ricardo Lagos, quien con una sonrisa nos invita a pasar.
"¿Quieren una cerveza? Están heladas porque las tengo en el baño en un recipiente de agua que viene de la vertiente que corre por mi quebrada", ofrece.
Y pregunta: "¿Cómo me encontraron? Porque acá sólo me visitan mis pájaros".
Y pregunta: "¿Cómo me encontraron? Porque acá sólo me visitan mis pájaros".
Un pianista en el bosque
Hace dos años, Dockendorff dejó el departamento que arrendaba en el corazón de la comuna de Providencia, en Eliodoro Yáñez, al que había llegado después de su separación de Isabel, madre de sus cuatro hijos. Decidió dejar su vida en Santiago para radicarse en esta casa.
Hace dos años, Dockendorff dejó el departamento que arrendaba en el corazón de la comuna de Providencia, en Eliodoro Yáñez, al que había llegado después de su separación de Isabel, madre de sus cuatro hijos. Decidió dejar su vida en Santiago para radicarse en esta casa.
La cabaña es pequeña, pero un piano de cola ocupa gran parte del living. Las paredes están tapizadas de libros de historia, filosofía, física o política. No tiene luz y hay una gran lámpara que cuelga del techo con velas, además de portavelas adosados a las paredes, los que se suman a un buen número de candelabros que tiene repartidos en su habitación y en la de visitas.
Tampoco tiene agua potable para la cocina y el baño, que no cuenta con alcantarillado porque la casa tiene pozo. Utiliza el agua de la vertiente que pasa por su propiedad y que puede usar gracias a un juicio que le ganó a Endesa. Cada quince días baja a Los Ángeles para abastecerse de botellas de agua, lácteos y embutidos porque aunque tiene una cocina a leña tampoco cocina. "Me da lata lavar después, así que todos los días como un contundente desayuno con huevos o palta y el resto del día, como frutos secos", confiesa.
En la casa o "fundo de los Dockendorff", como lo llaman los amigos de sus hijos, tampoco hay señal telefónica.
Su asomo al poder
Hasta el año 2000 —fecha en que fue invitado por Lagos para asumir la subsecretaría de la Segpres— se había desempeñado como académico en la Universidad de Chile y como consultor de la Sociedad Alemana de Cooperación Técnica (GTZ) para proyectos en América Latina.
Hasta el año 2000 —fecha en que fue invitado por Lagos para asumir la subsecretaría de la Segpres— se había desempeñado como académico en la Universidad de Chile y como consultor de la Sociedad Alemana de Cooperación Técnica (GTZ) para proyectos en América Latina.
"Eduardo nunca fue un político, siempre fue un académico, y no tenía ningún deseo por el poder. Sus opiniones siempre las hacía desde la reflexión social", afirma su amigo, el diputado DC Aldo Cornejo.
Cuando fue alcalde de Valparaíso, el año 2006, Cornejo invitó a Dockendorff a trabajar como asesor del Programa de Protección Patrimonial y Desarrollo Urbano de Valparaíso. "Eso fue sólo un asomo al poder porque como arquitecto le gustó la idea de hacer ciudad", afirma Cornejo, quien celebró un par de navidades con el arquitecto. Curiosamente, no lo ha vuelto a ver desde que Dockendorff se radicó en el sur.De su paso por el gobierno de Lagos, Ernesto Ottone, ex jefe de asesores del Segundo Piso, describe al ex ministro como un "romántico alemán". Y ese tipo de romanticismo, dice, "implica una fuerte relación con la naturaleza".
Ottone asegura que la estrecha relación de Dockendorff con la naturaleza no significa que estemos frente a "un hombre atormentado".
"El pasó por la vida pública como una persona estudiosa y como un buen ministro, pero siempre le gustó el sur, me hablaba con entusiasmo de los bosques tupidos, así que su partida no es algo nuevo", afirma su ex compañero de gabinete.
"El pasó por la vida pública como una persona estudiosa y como un buen ministro, pero siempre le gustó el sur, me hablaba con entusiasmo de los bosques tupidos, así que su partida no es algo nuevo", afirma su ex compañero de gabinete.
Perdido en los cerros porteños
Mientras estuvo asesorando a Cornejo, de manera frecuente Dockendorff se perdía de su amigo y salía a recorrer solo los cerros porteños.
"Siempre tuvo una tendencia a la soledad, le gustaba estar solo, leer y escuchar música. Cuando se desaparecía yo le preguntaba: '¿Dónde andabas?'. Y siempre me respondía: '¡Anduve caminando hasta tarde!'", recuerda el DC.
Mientras estuvo asesorando a Cornejo, de manera frecuente Dockendorff se perdía de su amigo y salía a recorrer solo los cerros porteños.
"Siempre tuvo una tendencia a la soledad, le gustaba estar solo, leer y escuchar música. Cuando se desaparecía yo le preguntaba: '¿Dónde andabas?'. Y siempre me respondía: '¡Anduve caminando hasta tarde!'", recuerda el DC.
Aunque se sentía feliz en Valparaíso, el ex ministro dejó el cargo y volvió a radicarse en Santiago para asumir en julio del 2008 la dirección del Instituto de
Políticas Públicas de la Universidad de Chile.
Dockendorff se refugiaba en la música. "Es una ventana para conectarme con la espiritualidad", confesaba en octubre del 2007. Aunque primero aprendió a tocar guitarra (cuando tenía 16 años y una de sus hermanas se la prestaba), el piano es su gran pasión. Aprendió a tocarlo en Alemania, a los 40, donde tomó lecciones particulares y se compró su primer instrumento. Cuando volvió a Chile, 12 años después, tuvo que dejarlo allá.
Dockendorff se refugiaba en la música. "Es una ventana para conectarme con la espiritualidad", confesaba en octubre del 2007. Aunque primero aprendió a tocar guitarra (cuando tenía 16 años y una de sus hermanas se la prestaba), el piano es su gran pasión. Aprendió a tocarlo en Alemania, a los 40, donde tomó lecciones particulares y se compró su primer instrumento. Cuando volvió a Chile, 12 años después, tuvo que dejarlo allá.
En 2008 declaraba a sus amigos que pese a que estaba entusiasmado con sus actividades en la universidad, le pesaban los problemas que comenzaba a tener con la federación de estudiantes de esa casa de estudios, quienes cuestionaban directamente su gestión en el instituto.
Renuncia y retiro de la U
"Cuando llegó a la universidad, el año 2008, el instituto tenía serios problemas de infraestructura y se necesitaban recursos, pero él trajo a trabajar como profesores a mucha gente de la Concertación que estaba sin pega y con sueldos muy altos, como Sergio Galilea, Rodrigo Egaña y Mireya Dávila, entre otros", afirma Camila Rojas, actual presidenta de la FECh y quien fue uno de los estudiantes que se enfrentaron al ex ministro.
"Cuando llegó a la universidad, el año 2008, el instituto tenía serios problemas de infraestructura y se necesitaban recursos, pero él trajo a trabajar como profesores a mucha gente de la Concertación que estaba sin pega y con sueldos muy altos, como Sergio Galilea, Rodrigo Egaña y Mireya Dávila, entre otros", afirma Camila Rojas, actual presidenta de la FECh y quien fue uno de los estudiantes que se enfrentaron al ex ministro.
Pese al trato amable que Dockendorff mantuvo durante las tratativas con el alumnado, según relatan los estudiantes que participaron en la negociación, el ex ministro también mostró su cara más dura, la cual pocos conocieron en su paso por el gobierno.
El entonces presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh), Andrés Fielbaum. "Fuimos muy críticos porque nos pareció que tenía un estilo muy autoritario y que anteponía los intereses de su partido sobre el instituto", dice.
La partida y el cambio
La partida y el cambio
Dockendorff disfruta escuchar e interpretar a Brahms o Bach. Por ello, el piano jugó un rol fundamental en esos días de tiras y aflojas con los estudiantes de la Universidad de Chile.
En eso estaba, dice, cuando un día se paró frente a la ventana de su departamento en Providencia y se imaginó qué sería de él en un par de años, cuando estuviera jubilado, sus hijos se casaran y le llevaran de cuando en cuando a los nietos.
Se vio dando de comer migas a las palomas y sentado en un banco de una plaza. No le gustó la imagen y fue ahí que tomó la decisión de hablar con las autoridades de la universidad para pactar su salida.
Finiquitado el papeleo, en 2013 entregó el departamento que arrendaba, tomó sus libros, su piano y partió al sur para radicarse en su casa de Alto Biobío.
En el traslado, se desprendió de gran parte de los muebles de su departamento y regaló cuadros, alfombras, refrigerador y su lavadora a quienes lo ayudaron con la mudanza.
En el traslado, se desprendió de gran parte de los muebles de su departamento y regaló cuadros, alfombras, refrigerador y su lavadora a quienes lo ayudaron con la mudanza.
Ya en el sur, tuvo que recurrir a siete hombres que lo ayudaran a bajar su piano hasta la cabaña. La hazaña les llevó seis horas, pero al final logró instalarlo en la casa y hoy es su mejor compañero.
También lo acompaña un reloj de péndulo que cuelga en la pared, que su padre compró cuando él tenía tres años, porque no le gustaba que manipulara a su mamá con la comida y el reloj cucú que había en la casa. "Me gustaba ese reloj, pero no he podido encontrar uno igual", dice.
La casa también tiene un refrigerador antiguo que sólo enfría si se abre la tapa de arriba y se pone agua fría en su interior. Aunque conserva ahí los lácteos, a primera vista parece sólo un mueble antiguo que da estilo a la cabaña.
Sin isapre ni amarras
Cuando dejó la Universidad de Chile, Dockendorff obtuvo un bono que le permitió pagar sus deudas y mudarse al sur.
Después de estar más de 45 años en el sistema, hoy no sólo no paga cuentas de luz, agua o gas, sino que tampoco tiene isapre ni AFP, pese a que aún no se jubila.
Cuando dejó la Universidad de Chile, Dockendorff obtuvo un bono que le permitió pagar sus deudas y mudarse al sur.
Después de estar más de 45 años en el sistema, hoy no sólo no paga cuentas de luz, agua o gas, sino que tampoco tiene isapre ni AFP, pese a que aún no se jubila.
Dice que los amigos que lo visitan, la mayoría ex compañeros de colegio con quienes retomó amistad, ya que estudió en Los Ángeles, le advierten que no puede estar sin cobertura de salud porque se puede enfermar. "Yo les digo que no lo necesito, porque perdí el miedo a enfermarme, a perder el trabajo, a quedarme sin casa. Todos son fantasmas que sólo sirven para enfermarnos", asegura.
Dockendorff también ha dedicado este tiempo a escribir. Lleva tres libros, pero no ha logrado terminar ninguno, porque gran parte de su tiempo lo dedica al cuidado de la parcela, plantando, haciendo nuevos caminos y vigilando que marche bien la bomba artesanal que tiene en la vertiente y que es la responsable de bombearle agua a la casa.
Cuando llegó a la cabaña comenzó a escribir sobre el gobierno de Ricardo Lagos, pero dice que aún no termina porque le falta un capítulo que quiere dedicar al ex Presidente y a la influencia que ejercieron en él los DC Gabriel Valdés y Eduardo Boeninger. El segundo texto es sobre la educación pública y el tercero, que recién está comenzando, es sobre su vida en la cabaña y su conexión con el bosque.
Y aunque no se fija en horarios, Dockendorff sigue usando su reloj en la muñeca izquierda.
—¿Por qué aún lo usa?
—Supongo que por costumbre, y para acordarme de darle comida a mi perro.
—¿Y hasta cuando se quedará aquí?
—No lo sé, pero por ahora no tengo ganas de volver. Aquí soy feliz.
—¿Por qué aún lo usa?
—Supongo que por costumbre, y para acordarme de darle comida a mi perro.
—¿Y hasta cuando se quedará aquí?
—No lo sé, pero por ahora no tengo ganas de volver. Aquí soy feliz.
Por Paula Canales G.