Cada vez hablamos más de la baja natalidad y sus consecuencias: el envejecimiento de la población y quiénes sostendrán nuestros sistemas de salud y cuidados. Pero me surge una pregunta: ¿qué estamos haciendo, como sociedad, por los niños que ya nacieron?
Debatimos
sobre políticas para incentivar la natalidad, pero ¿cuánto hablamos del derecho
de los niños en un entorno protector, establecer vínculos seguros y sentirse
queridos? La salud mental no comienza cuando podemos expresar lo que sentimos.
Se construye desde las primeras experiencias de vida, en el afecto, el consuelo
y la seguridad que recibimos, siendo decisiva para el desarrollo emocional,
social y cognitivo. El cuidado y la protección favorecen el bienestar, mientras
que la violencia, la negligencia y la inseguridad persistentes pueden dejar
huellas profundas. Cuidar la infancia es cuidar la salud mental de nuestra
sociedad.
Esta
reflexión no pretende responsabilizar exclusivamente a las familias que
enfrentan dificultades en la crianza. Existen historias complejas,
vulnerabilidades sociales y condiciones que dificultan el cuidado. Sin embargo,
mientras los adultos tenemos oportunidades para cambiar, la infancia sigue
transcurriendo. Un niño no puede detener su desarrollo emocional mientras
resolvemos nuestras dificultades.
No
basta con preocuparnos por las nuevas generaciones que sostendrán nuestra
sociedad; también debemos preguntarnos en qué condiciones están creciendo.
Necesitamos una sociedad que no solo se conmueva ante el sufrimiento infantil,
sino que transforme esa preocupación en acciones concretas.
En
Chile, según cifras actuales, 599 niños y niñas menores de cuatro años viven en
residencias de protección. Mientras seguimos con nuestras rutinas, su infancia
avanza y su necesidad de afecto y vínculos familiares seguros no puede esperar.
Esto no cuestiona la dedicación de quienes los cuidan, sino que nos interpela:
¿qué hacemos para que ningún niño permanezca más tiempo del necesario sin un
entorno familiar protector? La protección infantil es una responsabilidad
colectiva que exige apoyo a las familias, acogimiento y compromiso real.
En
este Día Mundial de la Salud Mental, quisiera que ampliáramos nuestra mirada.
Que al hablar de prevención pensemos también en las experiencias tempranas y
recordemos a quienes todavía no tienen palabras para expresar lo que necesitan.
Que al preocuparnos por la baja natalidad y el futuro de nuestra sociedad no
olvidemos a quienes ya están aquí.
Porque
preocuparnos por la natalidad es preocuparnos por el futuro. Pero ese futuro ya
nació. Y algunos de esos niños están esperando que dejemos de mirar para
comenzar a actuar.
Jusselit
Estrada
Académica
de Obstetricia
Universidad
San Sebastián
