Ñuble: una región que produce riqueza, pero no logra retenerla


En febrero pasado se publicó una nueva versión del Índice de Competitividad Regional (ICR), la cual vuelve a ubicar a Ñuble en el penúltimo lugar de las regiones con menor competitividad del país. Ante esto, la pregunta es inevitable: ¿qué explica que un territorio con tantos recursos y capacidades siga mostrando serias dificultades para garantizar empleo de calidad, bienestar y desarrollo sustentable para sus habitantes?

La respuesta exige mirar más allá de las estadísticas tradicionales y cuestionar ciertas ideas arraigadas en el debate local. Durante años, el rezago de Ñuble se ha vinculado de manera casi automática a la falta de infraestructura, la escasez de recursos públicos o a la necesidad de crear nuevas instituciones. Sin embargo, la evidencia estructural indica algo distinto: Ñuble no enfrenta un problema de falta de recursos, sino un profundo desafío en la transformación de su matriz económica.

La región cuenta con una de las mayores superficies agrícolas del país, una sólida base forestal, recursos hídricos comparativamente favorables y una reconocida tradición agropecuaria. A esto se suman centros de investigación de nivel nacional, universidades consolidadas, una ubicación estratégica entre Santiago y Concepción, y un acceso pleno a los mismos acuerdos comerciales que han permitido a Chile convertirse en una potencia agroalimentaria mundial. Pocas regiones reúnen simultáneamente tal cantidad de ventajas competitivas.

La paradoja, por tanto, es evidente. Ñuble produce mucho, pero crece poco; exporta volumen, pero acumula escaso capital; genera una intensa actividad económica, pero mantiene bajos niveles económicos y salarios persistentemente inferiores al promedio nacional. ¿Dónde se pierde el valor que genera la región? La explicación se encuentra en la forma en que el territorio participa en las cadenas globales de valor.

Al observar los principales productos regionales aparece un patrón recurrente: la variada producción silvoagropecuaria se concentra mayoritariamente en la entrega de materias primas (commodities). En contraste, los eslabones de la cadena donde se captura la verdadera riqueza, como la genética, el procesamiento industrial avanzado, el desarrollo de marcas, la comercialización internacional y la toma de decisiones estratégicas, suelen localizarse fuera de nuestras fronteras regionales.

La reciente decisión de las empresas IANSA de abandonar la compra de remolacha azucarera en Chile es un ejemplo sintomático. En Ñuble, este cultivo involucraba cerca de 3.000 hectáreas y a 163 agricultores directos, representando la mitad de la superficie nacional. Al ser una determinación tomada fuera del territorio, afectó directamente a cientos de familias y desmanteló una de las pocas cadenas productivas fuertemente articuladas de la zona, generando severas repercusiones en el transporte, el sector lechero y el empleo local.

En distinta medida, otras actividades dinámicas como la producción de achicoria, la multiplicación de semillas, los berries o las frutas de exportación, responden a cadenas cuyos centros de decisión e innovación están fuera de la región o del país. A pesar de que Ñuble es un actor clave en la generación física de la riqueza, su presencia es limitada en los espacios donde se decide cómo se invierte, cómo se innova y cómo se distribuyen los beneficios de ese esfuerzo. En la práctica, Ñuble exporta productos, pero también exporta oportunidades de inversión y capital hacia otros territorios. Esto explica por qué el aumento de la inversión pública o la ejecución de obras de infraestructura, siendo indispensables, no han bastado para modificar la posición competitiva de la región.

La solución, desde luego, no es abandonar la agricultura ni los sectores tradicionales. Todo lo contrario. El verdadero desafío consiste en transitar desde una economía de extracción primaria hacia una capaz de integrar tecnología, ciencia e innovación en el territorio.

La región necesita fortalecer una agroindustria avanzada que evolucione desde el commodity hacia alimentos diferenciados, ingredientes funcionales, productos nutracéuticos y nuevos desarrollos alimentarios. Requiere impulsar una bioeconomía que genere biomateriales, energía renovable y productos de alto valor biológico a partir de sus recursos agrícolas y forestales. Exige también convertir el conocimiento generado por las universidades locales y centros como el INIA en patentes, tecnologías y nuevas empresas de base tecnológica (EBT). Asimismo, es urgente detectar, cultivar y fortalecer empresas tractoras propiamente regionales, capaces de liderar procesos de exportación y gobernanza económica.

La discusión de fondo es cómo convertir a Ñuble en una región propietaria: dueña de empresas, de marcas, de tecnologías, de plataformas comerciales y de decisiones estratégicas. La verdadera brecha competitiva de la región es su dificultad histórica para transformar sus notables recursos y capacidades en inversión privada con arraigo local, control de cadenas de valor y acumulación de capital regional.

Mientras esa brecha no se cierre, seguiremos atrapados en una paradoja insostenible: un territorio rico y productivo en la tierra, pero postergado en los índices de bienestar. El gran desafío de Ñuble es capturar una mayor proporción de la riqueza que ya produce. Solo entonces la competitividad dejará de ser una fría estadística y se traducirá en mejores empleos, movilidad social y una calidad de vida digna para sus habitantes. Porque mientras otros territorios controlen los eslabones donde se concentra el valor, Ñuble seguirá sembrando la riqueza que otros cosechan.

 

Luis Antonio Arriagada Vallejos

Médico Veterinario | Magíster en Gestión Ambiental | Diplomado en Desarrollo Económico Local

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