Frente a este panorama, podría pensarse que la desaceleración golpea por igual a todo el territorio nacional. Sin embargo, la realidad de las regiones es profundamente asimétrica.
Los territorios no enfrentan las crisis desde el mismo punto de partida. Mientras algunas regiones poseen economías diversificadas, sólidos niveles de inversión privada y mejores salarios que les permiten amortiguar los ciclos contractivos, Ñuble debe lidiar con estos escenarios desde una vulnerabilidad estructural: una matriz productiva frágil, alta dependencia de actividades primarias y una marcada estacionalidad laboral, mostrando una brecha salarial en el último lugar del país
El informe del Instituto Igualdad destaca un dato que, bajo un análisis superficial, parecería alentador: las remuneraciones reales crecieron un 3,2% interanual a nivel país. No obstante, este optimismo se desvanece al aplicar el zoom regional:
En Ñuble Ia remuneración media apenas alcanza los $763.668 líquidos mensuales; casi $200 mil pesos menos que el promedio nacional, lo que consolida a la región en el último lugar del país en ingresos laborales. Peor aún, la mitad de los trabajadores formales de Ñuble percibe ingresos iguales o inferiores a los $488.302 mensuales.
Esto demuestra que un alza porcentual de sueldos no equivale a una mejora equitativa. Cuando una región inicia la carrera con ingresos tan mermados, crecer al mismo ritmo que el promedio nacional resulta estéril para cerrar las brechas históricas de equidad.
Precariedad laboral y contracción productiva
El desempleo nacional del $9,4% ya representa una severa señal de alerta. En Ñuble, sin embargo, la situación adquiere ribetes más complejos: la desocupación regional se empina en un $10,1%, superando la media del país, mientras que la informalidad laboral alcanza el 31,7%. Esto significa que prácticamente uno de cada tres trabajadores en Ñuble se desempeña sin un contrato ni protección social de ningún tipo. A esta desprotección se añade la dependencia del empleo agrícola estacional, gatillando dramáticas fluctuaciones de ingresos entre la temporada de cosechas y el resto del año.
El problema, por tanto, no se limita a la cantidad de empleos que se crean, sino a su calidad, estabilidad y suficiencia salarial. Por ello, el análisis macroeconómico centralizado es insuficiente: la pregunta relevante para Ñuble no es cuánto crece Chile, sino cuánto de ese crecimiento se queda realmente en nuestro territorio.
Las cifras del propio Banco Central confirman esta inquietud. Durante el primer trimestre de 2026, el PIB regional de Ñuble se contrajo un 2,9% ubicándonos entre las regiones con peor desempeño económico de la nación. Esta caída estuvo marcada por el retroceso de la fruticultura y de sectores industriales que consideramos estratégicos, tales como el alimentario, la madera y la celulosa.
Hacia una economía resiliente
La discusión económica de fondo no debe entramparse en si el PIB nacional crecerá uno o dos puntos decimales. El verdadero debate que debemos dar en Ñuble es cómo construimos un ecosistema productivo resiliente. Necesitamos con urgencia una estrategia regional capaz de transformar nuestros recursos naturales, forestales y agrícolas, así como el conocimiento científico de nuestras universidades, en inversión privada de alto valor agregado, innovación local y empleos estables con salarios dignos.
Mientras sigamos siendo una región que meramente produce y exporta materias primas sin capturar el valor económico de su procesamiento, cada frenazo de la economía nacional se sentirá el doble en Ñuble. Los indicadores coyunturales cambiarán mes a mes, pero la vulnerabilidad estructural permanecerá intacta si no transformamos de raíz nuestra matriz productiva. Es hora de pasar de la discusión de la infraestructura básica a la discusión del desarrollo y la retención del valor en nuestra región.
Luis Antonio Arriagada Vallejos
Médico Veterinario| Magíster en Gestión Ambiental| Diplomado en Desarrollo Económico Local
