Cuando jugar fútbol era “cosa de hombres”:


cómo las mujeres cambiaron la historia del balón en Chile

Mucho antes de los estadios llenos, los mundiales televisados y las figuras internacionales, hubo un tiempo en que jugar fútbol siendo mujer era visto como una transgresión en Chile. Aunque hoy el fútbol femenino vive uno de sus momentos de mayor visibilidad, sus primeras organizaciones en el país surgieron hace más de un siglo, enfrentando prejuicios, exclusión y décadas de escaso reconocimiento. Cada 23 de mayo se conmemora el Día Internacional del Fútbol Femenino, una fecha en que la historia de cómo las mujeres lograron abrirse paso en una de las canchas más desiguales del deporte vuelve a cobrar fuerza.

De acuerdo con el Dr. Carlos Matus, académico de la Facultad de Educación de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC) e investigador en historia del fútbol femenino, los primeros antecedentes de esta práctica en el país se remontan a inicios del siglo XX. “Particularmente a 1919, con la creación de clubes femeninos y de una de las primeras asociaciones de fútbol femenino en Chile”, explicó.

Sin embargo, gran parte de ese recorrido estuvo marcado por barreras culturales, discriminación y escaso reconocimiento institucional, en un escenario donde la práctica deportiva femenina debió abrirse paso frente a estereotipos profundamente arraigados.

Uno de los momentos más decisivos en ese proceso, según el académico, ocurrió con la realización del Mundial Femenino Sub-20 de la FIFA en Chile en 2008, evento que permitió aumentar significativamente la visibilidad de esta disciplina, impulsar procesos de formalización y generar un mayor interés mediático y social. “A partir de entonces, el fútbol femenino comenzó a transitar hacia una etapa de mayor desarrollo competitivo, fortalecida por la creación de la Primera División femenina, la consolidación de torneos e hitos como el subcampeonato de Chile en la Copa América Femenina 2018, que abrió paso a la clasificación al Mundial de Francia 2019 y a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020”, explicó el investigador.

“Hoy existe una aceptación social mucho más amplia respecto a que las niñas y mujeres practiquen fútbol de manera recreativa y competitiva”, sostuvo Matus, destacando que los cambios culturales, la aparición de referentes y una discusión social más amplia sobre igualdad de género han sido factores determinantes para debilitar antiguas barreras.

En ese nuevo escenario, el crecimiento del fútbol femenino también comienza a expresarse con fuerza en espacios formativos y universitarios, donde la competencia se transforma en una plataforma de desarrollo integral que combina excelencia académica y deportiva. Un ejemplo de ello será la participación de la selección femenina de fútbol de la UCSC en los FISU America Games Lima 2026, donde representarán a Chile como la única escuadra femenina universitaria nacional en competencia, proyectando desde el Biobío al continente el avance que ha tenido esta disciplina en nuevos escenarios. Su presencia en este evento multideportivo, que reunirá a delegaciones de más de 20 países, refleja cómo la evolución del fútbol femenino ya no solo se limita al alto rendimiento profesional, sino que también fortalece oportunidades concretas para estudiantes-deportistas, ampliando horizontes para futuras generaciones. 

Sin embargo, para el investigador, el principal desafío actual no es únicamente aumentar la visibilidad, sino avanzar hacia condiciones de equidad real. “El principal desafío ya no es solo la visibilidad, sino la equidad de acceso y material”, afirmó, advirtiendo que aún persisten brechas importantes en salarios, infraestructura, acceso a formación especializada, cobertura médica, condiciones laborales y presencia femenina en espacios de dirigencia.

La promulgación de la Ley de Profesionalización del Fútbol Femenino marcó un avance relevante en materia institucional, pero Matus enfatiza que “el desarrollo futuro dependerá de una estructura mucho más profunda: formación temprana, competencias serias y sostenidas, inversión en cuerpos técnicos, protección frente a la violencia de género y mayor participación de mujeres en la toma de decisiones”.

“El desafío de fondo es construir un sistema que entregue oportunidades sostenidas de desarrollo y no únicamente espacios de participación simbólica o temporal para las mujeres en el fútbol chileno”, concluyó.

Hoy, más allá de los resultados deportivos, el fútbol femenino chileno enfrenta su partido más importante: transformar su crecimiento histórico en una consolidación estructural que permita a más niñas y mujeres acceder a escenarios competitivos, formativos e internacionales. Porque en una cancha históricamente desigual, cada nuevo avance no solo cambia el juego, sino también el lugar que las mujeres ocupan dentro de él.

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