Famoso crítico de EE.UU. dice que “el vino chileno está en su mejor momento”


Famoso crítico de EE.UU. dice que “el vino chileno está en su mejor momento”

AGRO.- (df.cl).- El estadounidense James Suckling es uno de los críticos de vino más reputados del mundo. Se pueden compartir o no sus gustos específicos o las preferencias de estilo que reflejan sus comentarios, pero nadie puede negar que sigue siendo una voz influyente. Los informes anuales que escribe sobre cada país productor son seguidos con atención -y a veces un pelo de temor- por la elite de la industria vinícola y la chilena no es la excepción.

Desde EE.UU., Suckling comparte su entusiasmo por la actual escena nacional y destaca una palabra clave: diversidad.

“La diversidad nunca ha estado en un nivel más alto en Chile que ahora, con tantos tipos de uva diferentes que se utilizan desde la país (la variedad más antigua, que llegó con los españoles) hasta el cabernet y más allá. Estoy seguro de que veremos cada vez más mezclas de vinos en el futuro. También me gusta la diversidad de productores de vino, desde los grandes grupos corporativos hasta los pequeños productores y viñateros. Además, hay asociaciones interesantes como MOVI y VIGNO. El mundo del vino chileno es realmente diverso”.

La diversidad que aplaude Suckling, no solo se da en cepas nuevas, sino en la manera novedosa en que se tratan las tradicionales. “El syrah me ha impresionado mucho en los últimos dos años y crece bien en casi cualquier lugar. En su momento pasó de moda, sobre todo en Estados Unidos, pero creo que el mercado ahora está mostrando interés por la variedad. Por su parte los vinos a base de cabernet, con la excepción de algunos carmenere, siguen siendo los grandes vinos de Chile”.

La industria del vino es extremadamente competitiva: si un país no innova, rápidamente queda atrás. Para calibrar el estado de Chile en el globo, James Suckling parte diciendo que “el vino chileno está sin duda en su mejor momento”.

Sin embargo, advierte que el éxito no debe mazclarse con conformidad. “Es muy emocionante lo que pasa en Chile, pero me temo que pueda perder algo de impulso. Las viñas parecen estar satisfechas donde están, pero no es suficiente. El nivel de calidad de sus vinos puede mejorar en todos los aspectos. No deberían dormirse en los laureles”.

El problema de la denominación

Si hace 23 años, uno abría la Guía de Vinos de Chile, el 90 % de los vinos pertenecía a 4 cepas: cabernet sauvignon, merlot, sauvignon blanc y chardonnay. Hoy las variedades se han multiplicado por 10. Un salto que ha ido de la mano de la exploración de distintos terruños: algunos nuevos, como Viñedos de Alcohuaz en las alturas de Elqui; otros viejos, que han sido redescubiertos, como Roberto Henríquez en BíoBío.

A fines de mayo, el crítico inglés Tim Atkin, el mismo que tildó de aburrido al vino chileno, dio cuenta de su giro, al pasar del bostezo al entusiasmo sobre la industria local. Hizo dos clases magistrales, en las que junto a los aplausos para la cosecha 2018, planteó que la demarcación de las regiones y subregiones de Chile debería ser mucho más clara para reflejar mejor la diversidad de la producción vinícola del país.

Emily Faulconer, de viña Carmen.

Sostuvo que “el laberíntico sistema de denominaciones de origen (D.O.) del país”, crea confusión. “Las denominaciones de origen llevan en su mayoría el nombre de los valles fluviales y tienden a ser bastante grandes”, explica. “Así que en 2012 Chile las dividió en tres trozos: Andes, Costa y Entre Cordilleras”. Según el crítico son demarcaciones demasiado amplias, tanto así que para encontrar calidad resultan vagas. Y tiene razón.

“Esta es la mejor selección de vinos chilenos que he probado nunca”, señaló Atkin en su informe sobre Chile. “Hay varias razones para esto. La primera es la extraordinaria calidad de la añada 2018. La segunda es la mayor difusión geográfica de los vinos chilenos. No hace mucho tiempo, la mayoría de los mejores tintos y blancos procedían de viñedos situados en un radio de dos horas de la capital. Pero ahora pueden proceder de cualquier lugar. Algunas zonas interesantes - Alcohuaz, Huasco, Osorno, Paredones - apenas tienen una década de vida, mientras que otras, sobre todo en el redescubierto Secano Interior- han estado cultivando uvas desde hace siglos. En conjunto, han dotado a Chile de una diversidad envidiable”.

El último punto volvió a revelar su lado polémico: “Lo tercero es un nuevo sentido de confianza en sí mismos. Los chilenos son en general más tranquilos y menos seguros que sus vecinos argentinos. En el pasado, eso se reflejaba a veces en sus vinos y en la forma de hablar de ellos. Pero ya no lo siento así. Los principales productores chilenos saben que sus vinos pueden competir con los mejores del mundo”.

Garnacha de altura

Las opiniones de Atkin y Suckling son compartidas en Chile. Marcelo Retamal, que fue durante 25 años enólogo de De Martino, ha sido protagonista de este proceso de diversificación. Fue, por ejemplo, uno de los primeros en rescatar la cepa cinsault y recorrió todo el país buscando los mejores terruños para cada cepa.

Hoy está a cargo de Viñedos de Alcohuaz, en las alturas de Elqui, donde nieva en invierno. Uno de sus vinos íconos es una garnacha. “En los últimos 20 años la diversidad ha aumentado muchísimo, en términos principalmente de lugares, o sea, antes siempre era Maipo, Cachapoal, y hoy día hay viñedos en San Pedro de Atacama, en Huasco, en Elqui, en Choapa, Traiguén”, dice.

“Yo creo que en términos de lugares ha sido muy fuerte el crecimiento, pero en términos de variedades no tanto. Creo que son más conservadores los chilenos. Han llegado variedades nuevas, aparte de cabernet sauvignon, pero serán unas 20 más. Comparado con otras partes del mundo, no es tanto. No hemos sido tan creativos”, alega.

Y pone un punto relevante: el factor humano. “Lo nuevo es también la gente. A principios de siglo las bodegas eran 30 o 40, hoy deben haber cien”.

Asimismo, comparte una visión crítica del sistema de D.O. “La denominaciones en Chile están asociadas a comunas, es decir, es un orden geopolítico. Las D.O. en el mundo no tienen que ver con un tema técnico, ahí hay un error garrafal. No es necesario que venga un geólogo al Maipo para que defina la demarcación. En la práctica todas las apelaciones tienen que ver con temas de marketing y venta, excepto la Borgoña Romanée-Conti (donde nacen algunos de los vinos más caros del mundo). Si miras cualquier apelación del mundo, son tipos que se ponen de acuerdo en un lugar geográfico, para potenciar ciertos vinos, cierto estilo, etc. Por ahí va la flexibilización que necesitamos en Chile”.

Y entrega un ejemplo. “Quebrada Seca, en la costa de Limarí, no puede ser D.O. porque no es comuna. Tienes que ponerle Limarí y no tiene nada que ver con el resto del valle. Una excepción fue Apalta, que no es comuna, pero fue una cosa especial. El decreto lo firma Piñera. Debería haber una fórmula más rápida”.

La línea de los terruños

Entre las viñas grandes, un ejemplo exitoso de diversificación del portafolio es el de Carmen (ligada a la propiedad de DF). Emily Faulconer, enóloga de la viña, dice que comparte la visión de Tim Atkin sobre la rigidez del sistema de apelaciones local.

“En el fondo lo que quiso decir Tim, es que en Chile es más seguro fijarse en el productor que fijarse en la D.O. La denominación no dice mucho. Con apelaciones tan grandes te pierdes, porque mezclan peras con manzanas. Todo lo que se hace en el sur, en Malleco, por ejemplo. Traiguén versus Panguipulli son totalmente diferentes”.

Criada en Temuco, dice que cuando chica no había viñas en la zona. “En los últimos 15 años, ha crecido exponencialmente el mapa del vino chileno. Hay diversidad varietal y de origen, es súper interesante. Los productores se están especializando en un tipo de vino específico y eso garantiza calidad. Si vas a cierto productor vas a la segura, no así si eliges un vino por su denominación en Chile, porque puede ser muy genérica. Y ojo que también se ha expandido el mapa por un tema climático. Yo cuando estaba en el colegio no existía la vinicultura en Temuco y hoy es una zona que promete, donde han salidos vinos increíbles”.

Carmen, de hecho, tiene una línea llamada DO, con tres vinos que han ganado aplausos de la crítica. “La idea era trabajar con productores de uva, que tengan un viñedo con valor patrimonial. Hacemos una mezcla de Melozal, en El Maule, de carignan, garnacha y país, que se llama Matorral Chileno, de la que producimos 800 cajas. Otra es un semillón de Apalta y un cinsault de Guarilihue, de cada uno hacemos 300 cajas”, dice Faulconer.

Explorar nuevas zonas no es la única manera de diversificarse. Otra fórmula es hacer un trabajo detallado, obsesivo, para descubrir las características de un terroir. Faulconer explica: “Lo que estamos trabajando súper fuerte es revalorizar Alto Jahuel, que no es una apelación. Tenemos 600 hectáreas, es un sector súper validado en cabernet sauvignon de calidad. Pero cae dentro de Buin, y son distintos universos. Gold, que obtuvo 99 puntos en Descorchados, lo hacemos ahí, al igual que Gran Reserva CS. Y lanzamos un vino, Delanz, donde la etiqueta dice grande Alto Jauel. Hemos estudiado mucho la zona, ojalá sea DO el futuro”.

El holandés Meinard Bloem llegó a Chile en 1995. “La industria del vino era un poco fome, hoy está mucho más interesante”, reconoce el actual enólogo de Los Boldos, que pertenece a Sogrape, el mayor grupo del vino en Portugal. Acaban de lanzar un tinto y un rosado de la variedad Touriga nacional, base del Oporto. “Es una uva perfumada, cítrica, floral, de gran capacidad de envejecimiento”.

Otra viña que ha importado uvas -un proceso largo- es Estampa. Su enóloga, Joanna Pereira, cuenta: “El SAG deriva las plantas a cuarentena a un lugar definido. Allí debe pasar un mínimo de dos años mientras se va chequeando que se encuentre libre de enfermedades”. Estampa está produciendo vinos con variedades tintas como Nebbiolo, Sangiovese, Montepulciano, Aglianico, Refosco, Teroldego y blancas como Vermentino, Fiano, Greco di tufo y Garganega. Un verdadero menú italiano.